“Dulce vecina de la verde selva, azul verde y granate, grande enemiga de la zarzamora, Violeta Parra…” Nicanor, su hermano le dedicó estos versos a la mujer de Chile y América a la golondrina trovadora que desentrañó nuestra identidad y nos brindó lo mejor de su persona.
Hoy en este mes de febrero, recordamos un año más, con tristeza su trágica muerte… de ello hablaremos, mas para conocerla que mejor que comenzar porque ella nos cuente, su historia Violeta nos la relató en sus Décimas Autobiográficas, las cuales, algunas, fueron musicalizadas por el maestro, también desaparecido, Luis Advis e interpretadas por el conjunto Inti Illimani en el año 1972 en una obra conjunta con Isabel Parra, llamada “Canto para una Semilla”.
Violeta nos presenta así su infancia:
Cantar es lindo deleite
mucho mejor con guitarra,
quien le hace el quite a la farra
se va como por aceite.
Sin mañas y sin afeites
puede llegar la cantora,
cantarle a la buena aurora
como lo hace el chincolito
o cantarle al angelito
como
A eso vengo mis señores,
a cantar cantos colmados
de versos tan delicados
como perfectos primores.
Aquí mostrarán dolores,
allá pedirán mudanzas
llenas de fe y esperanzas
de nuestros amargos males.
Fatal entre los fatales
yo seguiré estas andanzas.
Empezaré del comienzo
sin perder ningún detalle,
espero que no me falle
lo que contarles yo pienso.
A lo mejor no convenzo
con mi pobre inspiración.
Se larga la descripción
sin coilas y sin engaños
reculando algunos años
y mudando al caserón.
Ya están sonando instrumentos
y diré con gran estilo
señores demen permiso
aquí presento a mi abuelo:
José Calixto su nombre
fue bastante respetao
amistoso y bien letrao
su talento les asombre.
Mas le aumenté su renombre
al decidir muy en breve
no más entre marte'y jueves
procura mostrar su honor
defendiendo el tricolor
del año setenta y nueve.
En la ciudad de Chillán
vivía en un caserón
dueño de una población
de gran popularidad.
Pa'mayor autoridad
manda a su hijo a la escuela
y a petición de mi abuela
le va a enseñar a solfear
para una orquesta formar
de arpa, violín y vihuela.
Ya ven mi abuelo José
con la música en la mente
y quién hubo más prudente
como mi otro abuelo fue:
Mi abuelo por parte'e maire
era inquilino mayor
capataz y cuidaor
poco menos que del aire.
El rico con su donaire
lo tenía de obligao
caballerizo montao
de viñatero y rondín,
podador en el jardín
y hortalicero forzao.
Al verlo a primera vista
parece mi lindo abuelo
algún arcángel del cielo
gemelo de un Juan Bautista.
Azules sus pupilitas,
dorada su cabellera,
montao en su yegua overa
no hay niña que no lo mire
ni vieja que no suspire
por detracito'e mi abuela.
Me pongo a pensar un rato
y mis taitas aparecen
ojalá aquí deletree
con claridez sus retratos:
Mi taita fue muy letrario
pa'profesor estudió
y a las escuelas llegó
a enseñar su diccionario.
Mi mamá como canario
nació en un campo florio
como zorzal entumio
creció entre la candelilla
conoció lo que es la trilla
la molienda, el amasijo.
Lo primero que impresiona en Violeta Parra es su franqueza y la seguridad con que habla del folklore. En seguida, se hace evidente su pasión por todo lo autóctono y su sincero deseo de ayudar a los demás para que interpreten y entiendan el folklore lo mejor posible. En una entrevista Violeta señaló[1]: “Entre los años 1938 y 1945 aprendía cantar al género español. Nacida cerca de Chillán (San Carlos), vine a Santiago a estudiar a
En 1938 se casó con Luis Cereceda, un empleado ferroviario, con quien tuvo dos hijos, Ángel e Isabel, y con quien se trasladó temporalmente a vivir a Valparaíso. Pero la vida familiar convencional no era algo que le acomodase, y no tardaron en surgir las peleas entre este marido convencional y una esposa nada dócil y llena de distracciones. Tras un período en el que alcanzó cierto renombre interpretando en vivo cuplés, Violeta comenzó lentamente a destacar en el circuito de folcloristas: ya había hecho varias presentaciones en radios y hasta se había unido a un grupo de teatro. No era, precisamente, un ejemplo de esposa abnegada, y su matrimonio con Luis Cereceda terminó en 1948.
Fueron así, dos sufrimientos los que acompañaron la vida de Violeta Parra, las penas del amor y las de la pobreza. Violeta las enfrenta con vigor, con rudeza, incluso sin un temor visible. Angel Parra recuerda parte de la vida de Violeta tal como sucedía alrededor del año 1957, dice Angel: “Vivíamos con mamá en una pieza de madera allá en
Con esta primera derrota amorosa en el cuerpo, Violeta se traslada nuevamente a Santiago en donde sigue su labor musical y así es invitada en
Como queriendo aturdirse en el trabajo, Violeta inicia en 1956 la grabación del primer disco de larga duración sobre el Folklore de Chile, desde ese año y hasta 1958, uno tras otro van saliendo los discos destinados a la difusión del folklore chileno, completándose un total de 8 volúmenes. Realiza giras a lo largo de todo el país difundiendo los valores del folklore investigado hasta ese momento, y también dando a conocer sus propias composiciones, ¡porque esto es importante de destacar!, aparte su excepcional trabajo de investigadora y difusora, gracias a su talento pudo impregnar esas manifestaciones de un aliento más universal.
Con esta denuncia constante acerca del dolor de sus hermanos chilenos y americanos, Violeta Parra recupera para la poesía y para el arte su razón más profunda de existir. No ser un producto de consumo, de compra y venta, sino ser elemento con función propia dentro de la sociedad, como Homero, como Píngaro, como los juglares, ella recoge el saber de su pueblo lo comunica y lo hace trascender.
Violeta Parra, recoge y sintetiza musical y humanamente grande centros artísticos y laborales de Chile… Violeta consigue a través incluso de una sola canción resumir a toda una región chilena, sus características, sus dramas, sus estilos artísticos, el Guillatún, por ejemplo recupera el ritmo de las danzas rogativas araucanas y también el llanto que aqueja al habitante de Cautín en una magistral síntesis.
Así mismo supo Violeta recoger la pena infinita que aqueja al leñero chilote, ese que navega en sus barcas según el favor del viento.
La cantora del sur conquistada por el norte, logra una suma musical que se nos ofrece en su composición titulada “Y arriba quemando el sol”, en que se produce una mezcla de motivos mapuches y quechuas. Es la vida de la gente del desierto la que sale a la luz en este canto de protesta, en donde el ritmo acompasado de los instrumentos de percusión es realzado por la voz dolorida de la quena.
A principios de la década del sesenta, Violeta Parra sufre una enfermedad que la deja en cama por varios meses, toma entonces algunos “trapitos” e hilos y se convierte en arpillerista… inventa todo, técnicas, materiales, formas, renovando temas como el de la crucifixión, el de Arturo Prat entre otros.
Expone en la feria de artes plásticas, donde nadie da importancia al arte ingenuo; cuando viaja a Buenos Aires a exponer muy pocos creen en ella… algún tiempo después viaja nuevamente a Europa, recorre Finlandia,
Un día Violeta Parra decide ir al Louvre a exponer sus creaciones, cuando se sabe en Santiago de Chile la gente no puede creerlo, esa tarde de agosto de 1964, Violeta está vestida con traje sencillo negro con el pelo suelto y la cara lavada, como una campesina cualquiera del campo chileno. La sala estaba repleta de personalidades, coleccionistas de fama, autoridades y artistas. Sus tapices, sus pequeñas pinturas de aspectos populares y unas estatuas de alambre estaban en el importante pabellón Marzan, mientras en la sala de al lado se tocaban sus discos. Se recuerda de ese viaje un tema que canta en francés grabado en París, con ritmo de vals messetti, con este demostró ser una verdadera detectora del espíritu popular no importa de cual región. Llega a Chile a finales de 1964, en la maleta trae un libro suyo editado por François Maspero, “La poésie populaire dans les Andes” (Poesía popular de los Andes), con poemas y grabados. Trae reconocimientos y triunfos, recitales y la alegría de haber dado a conocer una faceta diferente de Chile en Europa.
Sin embargo ya en Chile, camina decididamente por un camino de soledad y tristeza.
Su segundo matrimonio con Luis Arci está desecho hace ya tiempo, vive ahora un amor casi adolescente con el musicólogo Gilbert Favré. Con sus hijos Isabel y Angel instala una Peña en calle Carmen, desde abajo seguirá difundiendo folklore, su labor a llegado a un punto tal de madurez que le permite teorizar sobre la creación musical. Nos dirá Violeta: “Escribe como quieras, usa los ritmos que te salgan, prueba instrumentos diversos, siéntate en el piano, destruye la métrica, grita en vez de cantar, sopla la guitarra y tañe la corneta. La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta, odia las matemáticas y ama los remolinos”. Realizará también entrevistas en que dejará plasmados su gustos musicales y su crítica a algunos artístas folklóricos de la época: “La única interprete verdadera del folklore es Margot Loyola (con quien tuvo una amistad muy estrecha). ¡Que pena me da ver a tantos elementos de calidad, como el Dúo Rey Silva, el Dúos Bascuñán Del Campo, Margarita Alarcón y otros, que no tienen una orientación clara respecto a cómo es el folklore!. Me gustaría poder formar un curso de orientación histórica de la canción chilena, donde los intérpretes pudieran aprender el verdadero folklore y la manera de interpretarlo, sus raíces. Lo haría con toda el alma y sin cobrar un centavo. Es un crimen que intérpretes de calidad estén cantando – y grabando – mambo, etc. No tengo voz como cantante, pero imagino que una voz hermosa como la de Margarita Alarcón podría sacar partido a nuestro auténtico folklore. Y no pretendo tampoco ser una verdadera entendida en el folklore, porque mi sueño sería recorrer el país entero, empapándome en su música para conocerla, y luego darla a conocer a los demás”.[2]
Por discrepancias con sus hijos, decide instalar una carpa en
Pero el hombre que ahora estaba amando, después de muchos dimes y diretes se irá, dejándola sola, Gilbert Favré, el joven e impetuoso amor de su madurez huye al norte y luego a Bolivia.
Violeta sigue componiendo lo mejor de su producción, escribe las “Décimas Autobiográficas” en versos chilenos, donde plasma sus impresiones y experiencias, en ellas supera una íntima angustia y desesperación reduciéndola a una síntesis original y viva, pero Violeta está cansada y esta sola.
Durante 1966 intenta cortarse las venas, no lo logra, durante el verano de 1967 pide que le dejen mantener sola la carpa, en la noche anuncia que cantará completa sus últimas composiciones recién grabadas para
Violeta Parra falleció el 5 de febrero de 1967, pero aquella tarde de domingo tan sólo se apagó la vida de Violeta Parra, algo de ella permaneció, no sólo en sus canciones que están aquí para que las recordemos, sino en sus hijos, en sus discípulos, en su pueblo y aunque no nos sirva de consuelo hemos de reconocer que al morir deja tal herencia que no debemos temer a la muerte.
El poeta Pablo Neruda recordó a Violeta Parra con estas palabras a poco de su muerte:
“Te alabo amiga mía compañera, de cuerda en cuerda llegas, al firme firmamento y nocturna en el cielo tu fulgor es la constelación de una guitarra, de cantar a lo humano y lo divino… voluntariosa hiciste tu silencio, sin otra enfermedad que la tristeza…”
Sí, realmente la vida de Violeta Parra no es una vida fácil es una vida donde el dolor esta presente minuto a minuto, un dolor que la empuja inexorablemente a la fatídica fecha, la fecha en que ese dolor clavará profundamente en el corazón de Violeta su punzada, su estoque final, es el domingo 5 de febrero de 1967, así lo recuerda Alberto Zapicán que vivía también en
Almorzamos cerca de la una, ella paró de escribir para venir a comer un zancocho, un revoltijo así en el sartén, no habló ni una palabra; después de tomar el té se fue otra vez a su cuarto y se encerró”.
El testimonio de su hermano Lautaro Parra, de esos minutos del día 5 de febrero de 1967, dice Lautaro: “Después de almuerzo como a esa hora de las cuatro,
Y este es el testimonio de su hija más pequeña Carmen Luisa, recuerda ella: “Yo estaba ordenando algo en la carpa, serían como las seis de la tarde, de repente sentí un balazo, entré corriendo a la pieza y encontré a mi mamá ahí tirada encima de la guitarra con el revolver en la mano… me acerque a ella y la moví, le hablé no me contestó… ahí me di cuenta que por la boca le corría un hilillo de sangre, quede como paralizada, no se por qué, pero lo más instintivo fue quitarle el revolver. Salí afuera de la carpa y le avisé a gritos a las personas que andaban por ahí, de repente se llenó la carpa de gente, llegaron los detectives y después vino una ambulancia a buscarla”.
Los diarios, algunos diarios, informaron en extenso del trágico desaparecimiento de Violeta Parra, el martes 7 uno de ellos decía: “Durante todo el día de ayer se velaron los restos de Violeta Parra en el parque
Entre toda la gente se pasean llorosos sus hijos, Angel Parra con lentes oscuros y demacrado por las lágrimas derramadas, se sienta camina inquieto, se mueve de un lugar a otro… De pronto un grito desgarrador rompe la noche ¡Dónde está mi hermanita… déjenme verla!, es su hermano Lautaro Parra, luego llega Juan Baez del sindicato circense, la emoción también lo embarga. Más tarde hay otra escena dolorosa… ¡Por qué no me dejan ver a mi mamita!, solloza
El testimonio de otro diario que el día 8 de febrero informaba del entierro de Violeta, dice: “Al cruzar el cortejo frente a la pérgola del Mapocho, las floristas rindieron su postrero homenaje lanzando pétalos de rosas al paso del féretro, en la puerta del cementerio junto a numeroso público esperaban miembros del sindicato circense y del sindicato de folkloristas, artistas, cantores, cantoras populares venidas especialmente desde Puente Alto y Melipilla… acompañaban los restos entre otros, Víctor Jara, Héctor Pavéz, Rolando Alarcón, Ricardo García, Camilo Fernández, Patricia Chavarría del Conjunto Aukan, Gabriela Pizarro del Grupo Millaray, las Voces Andinas, los integrantes del Grupo Chagual, el actor Julio Young, el actor Héctor Duvauchelle y otros más.
Una vez sepultada Violeta parra, quienes tenían preparadas intervenciones no pudieron abrirse paso entre la marea humana y debieron desistirse de sus intentos. Sólo una trompeta ejecutó un toque de silencio, antes el orfeón municipal había ejecutado la marcha fúnebre de Chopin”.
Pasan los años y en el año 1972 Enrique Rivas cuenta: “Cuando a nosotros nos entregaron estos terrenos se hizo una reunión para cambiar nombre al campamento, esto eran puras toldas y piecesitas de madera y cartón… bueno, ahí todos proponían nombres, pero el único en que quedamos todos de acuerdo fue en ponerle a esta población Violeta Parra porque había que reconocerle ese mérito de ser artista del pueblo, porque las cosas que hemos sufrido, ella las palpó bien y las supo interpretar en sus canciones y esto no creo que vaya a quedar en puro nombre no más, porque ya es conocimiento nacional, porque ella es pueblo y fue y será … y por eso esto de bautizar con su nombre a nuestro población…”.
Ese domingo 5 de febrero de 1967 como a las seis de la tarde la guitarra quedo silenciosa junto a sus tapices, pero cada 5 de febrero recordando a Violeta Parra habrá ocasión para que aquellos compatriotas que no quisieron oírla por su canto renovado puedan meditar en la fuerza de su talento y en la significación de su arte y para que en un día como hoy o en cualquier día olvidando los dolores, las injusticias, la soledad, el desamor… podamos cantar como ella este himno agradecido a la existencia… GRACIAS A
Violeta se nos fue en su canto, en sus versos. Fue un estrujamiento de sí, un sacrificio permanente, casi nunca comprendida en su absoluta y pura belleza. Por esto fue derrotada. Y al ser derrotada como toda mujer que se entrega, en medio de amor y ternura infinitos, es que dejó este mundo y se fue sin partir, porque dejar todo lo dejado por ella, toda una voz de pueblo, no es morir un poco sino vivir para siempre…[3]

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